
Las jugadas de gallos departían grandes montos en apuestas que serían disputadas por gente de mucha riqueza; llegando a costar los gallos hasta 500 pesos de plata (suma importante para la época). Se sabe que casi todos los virreyes eran tan aficionados a los toros como a los gallos, destacando en la diversión de gallos el conde de Nieva, el marqués de cañete, el marqués de Mancera, don Manuel de Amat y el virrey Avilés.

Los lugares en donde se realizaban las peleas de gallos se llamaban circos y ya en los siglos XVIII y XIX no había lugar donde no existiera criaderos de gallos de pelea. Los circos atraían tanto a españoles como a criollos, casi no existen pruebas que indígenas gusten de dicha diversión. La implatanción de circos en los diversos lugares de Lima estaban autorizadas únicamente en días festivos y en ocasiones excepcionales días de semana.
Como no todos gustaban de estas sangriendas batallas, ya en el siglo XIX con la independencia, el general don José de San Martín abolió las peleas de gallo. Sin embargo, esta prohibición se quebró unos años después. Así pues, la vida activa de los limeños de aquellos años estuvo rodeada de esta sangrienta diversión.