martes, 20 de marzo de 2012

Los dulceros

En tiempos coloniales y durante los primeros años republicanos, Lima era una ciudad donde existían muchos vendedores ambulantes ofreciendo manjares de todo tipo. Estos personajes denominados dulceros tenían una activa participación en la ciudad y como suele ocurrir algunos se establecieron en puestos fijos. Tal es el caso de Casimira Santurio quien el primero de marzo de 1863 solicitó al alcalde de Lima una licencia para colocar una 'habitación portática' en la plazuela de Santo Domingo para vender dulces desde la una de la tarde hasta las diez de la noche.

En el barrio de San Sebastián, existía una famosa dulcera llamada Marcelina, cuarentona, y conocida como zamba frescota, que se ubicaba al costado izquierdo de la iglesia, en el mercado de abastos. Se le veía todos los días a eso de las dos de la tarde en un sillón alto con un enorme y reluciente perol a cada lado y rodeada por personas de toda condición. Marcelina ofrecía diversas mazamorras como las 'de leche' con yemas y vino, la 'morada', la 'de pan de Guatemala' y la 'de cochino'. Tanta era la acogida de los postres que antes de las cuatro de la tarde, Marcelina se quedaba sin nada.

La presencia de estos personajes en Lima fue tal que a modo de ilustración leamos una cita sobre el transcurrir de los dulceros limeños a lo largo del día, que además nos ayudaba a saber la hora pues su llegada a la ciudad era exacta:

''Las mulatas de los conventos pasaban todos los días a las once de la mañana vendiendo ranfañote, cocada, bocado de rey, chancaquita de cancha y de maní y frejoles colados. A la una de la tarde salían la arrocera y el alfajorero. A las dos, la picaronera y el humitero; a las tres, el melcochero y la turronera; a las cuatro, el vendedor de piñita de nuez; a las seis, el galletero; finalmente, a las siete de la noche el caramelero y la vendedora de mazamorra.''

Bibliografía empleada:
OLIVAS, Rosario. Los pregones de los vendedores ambulantes en La cocina cotidiana y festiva de los limeños en el siglo XIX. Lima: Universidad de San Martín de Porres. Escuela Profesional de Turimos y Hotelería, 1999, pp 91 - 106.

sábado, 21 de enero de 2012

Una novela decimonónica: Julia o escenas de la vida en Lima

Portada de una edición del año 1977

Uno de los géneros menos cultivados de nuestra literatura decimonónica fue la novela. En este escaso campo se encuentra Julia o escenas de la vida en Lima, que fue publicada en el año 1861 en París. Luis Benjamín Cisneros (Lima, 1837-1904) fue poeta y escritor, y entre sus muchos artículos, poemas y ensayos, publicó esta novela de corte marcadamente romántico. Esta novela fue escrita por Cisneros durante su estancia en Francia, por este motivo muestra grandes rasgos del Romanticismo francés, especialmete del escritor Lamartine.

Mucho se le ha criticado e incluso no valorado, justamente por ser un escritor afrancesado, diciendo, además, que la historia como tal no tiene alguna complejidad temática y mucho menos formal. Cierto o no, debemos considerar a la obra de Cisneros como un hito en nuestro romanticismo. Además de decir que la propia naturaleza del movimiento romántico es europea y su transplante al nuevo mundo debió significar mayoritariamente su imitación, más aún en una sociedad llena de conflictos sociales y políticos como la nuestra. Pese a todo lo dicho, la narración da profundos detalles de la vida social de la ciudad, además de las costumbres y pequeños detalles de la época.

Les presento una breve reseña de la novela:

CISNEROS, Luis Benjamín. Julia o escenas de la vida en Lima. Lima: Editorial Universo, 1977.

Los protagonistas de la historia son dos jóvenes enamorados que se comprometen en unión matrimonial. Cuando todo parece concluido aparece Alberto, un joven amable y que aparenta ser de una buena posición económica. Doña Clara, amiga de la familia y señora bastante mayor, y Alberto se unirán para quebrantar la promesa de amor. Julia cede y renuncia, sin la autorización de su tío Antonio, al matrimonio y se compromete con el nuevo pretendiente: Alberto. Desdichado y triste se aleja Andrés de la familia de Julia.

Todo se empieza a desvelar, las primeras imágenes tiernas caen y se revelan los verdaderos rostros de la sociedad limeña. Alberto es un jugador empedernido y pasa horas enteras fuera de su casa; no posee la riqueza que en un principio aparentaba; y por último, no ama a Julia. No pasa mucho tiempo para que se produzca la separación frente a toda burla de la sociedad. Alberto hace un viaje y abandona a Julia con todas las deudas que el juego traía consigo.

Andrés, siempre enterado de todo lo que acontecía a Julia, decide volver a frecuentarla. Ambos se coquetean y hacen ver una posible reconciliación. Andrés está encantado con Julia y la quiere hacer su esposa y olvidar todos sus anteriores engaños. A Julia le suceden algunos hechos bastantes trágicos que producen un nuevo alejamiento de Andrés. En esta ocasión Julia está en la completa miseria y se refugia en un convento, lugar donde vive junto a su hija.

Una tía que sustentaba los pocos gastos de Julia en el convento fallece y deja nuevamente en la miseria a la pobre joven. La desdichada recurre a doña Clara, quien le asiste y le ayuda momentáneamente. Poco tiempo después, entre lágrimas, se reconcilia Julia con su tío, quien le acepta de vuelta en casa. Andrés envuelto en lágrimas y lleno de amor promete amor eterno a Julia.

domingo, 15 de enero de 2012

El aguador

El aguador (1840) Pancho Fierro

Antes del establecimiento de la empresa que suministrara agua potable en la ciudad, las pilas, los pilones y los pozos eran las formas de abastecimiento. Estos se hallaban repartidos en algunos puntos estratégicos, como los monasterios, hospitales, colegios y algunos establecimientos públicos. Los criados de las casas y la gente pobre tomaban agua de las fuentes públicas. El resto de la población se abastecía del agua que llevaban los aguadores que estaban matriculados en las parroquias.

Eran por lo general negros o zambos, que formaban la agrupación más importante de la colonia pues llevaban consigo un servicio indispensable. Existían dos categorías de aguadores, los que iban a pie y los que iban a burro. Los primeros vestían un delantal de cuero y cargaban un barril pequeño al hombro. Los segundos colocaban dos barriles que iban sobre el burro. Además, ambos llevaban un escapulario de Nuestra Señora del Carmen y una bolsa de cuero que contenía el dinero de la venta.

Al paso de los aguadores y al oir la campanilla, la gente le decía: ''¡Aguador, écheme usted un viaje!'' a lo que éstos respondían: ''¡Está vendío!''. Existen numerosas historias de estos personajes que transitaban la ciudad. Así, Manuel Atanasio Fuentes nos cuenta que en la ciudad existía un aguador que había sido militar llamado Ño Cendeja que recorría la ciudad con pasos marciales. También se cuentas las riñas que pasaban la gente que vivía en pisos altos pues los aguadores decían: ''No trepo escaleras''.

Bibliografía empleada:
OLIVAS, Rosario. Los pregones de los vendedores ambulantes en La cocina cotidiana y festiva de los limeños en el siglo XIX. Lima: Universidad de San Martín de Porres, Escuela Profesional de Turismo y Hotelería, 1999, pp 91-106.

domingo, 8 de enero de 2012

Las labores de la mujer en el XVI

Es cierto que la conquista española fue una empresa dirigida y controlada por los hombres. Así, el establecimiento de la nueva sociedad limeña tenía fuertes matices masculinos; sin embargo, es cierto también que las mujeres tuvieron un rol fundamental en la actividad económica de la Lima de los primeros años. De esta manera, en el siglo XVI hallamos mujeres dedicadas al área de servicios, el comercio y la producción de alimentos.

Un oficio importante que tuvieron algunas mujeres fue el de curanderas. Estas mujeres ocuparon un papel fundamental pues ejercían las veces de doctoras (recordemos que los conquistadores carecían de médicos calificados por falta de dinero) y sirvieron a la ciudad por algunas décadas. Así, las curanderas tuvieron en su labor un medio de vida. Incluso algunas de ellas tuvieron algunos privilegios, como fue el caso de la Mayor de Godínes a quien se le concediò medio solar o el caso de Francisc Juárez, 'La Valenciana', que en 1540 asistia a los enfermos en su posada. Estas mujeres se dedicaron de forma libre hasta que fueron condenadas por la Inquisición por 'sospechosas'.

Además, se observa en Lima un importante número de mujeres dedicadas a la preparación de productos comestibles (María de Escobar, Inés Muños, Beatriz Salcedo). A pesar de que esta labor estuvo controlada en su mayoría por españolas hubo casos en los que mujeres de otras castas se dedicaban a la ocupación de panaderas. Es el caso de una empresa formada por el español Bartolome Carballo y la mulata Barbola Rodrigues, ambos producían panes y pasteles que posteriormente eran vendidos en las calles y plazas.

Un lugar de encuentro de los sectores más bajos de la sociedad era la taberna y el consumo de vino. Encontramos, así, a mujeres dedicadas a esta actividad llamadas taberneras. Una mujer pobre llamada María sería una de las primeras taberneras en el año 1552 y que sería sucedida por algunas mujeres más de la misma condición. En otras condiciones, algunas taberneras se valían para ofrecer comida, posada, juegos y otros servicios más íntimos.

El abastecimiento de la ciudad se daba gracias al mercado de la Plaza Mayor llamado tianguez, lugar donde las mujeres vendían todo tipo de productos. De esta manera, las primeras mujeres de la ciudad se dedicaron a un abanico importante de actividades para bienestar propio y el de la ciudad.

Bibliografía empleada:
GUTIÉRREZ, Laura (ed.). Lima en el siglo XVI. Lima: PUCP, Instituto Riva Aguero, 2005

domingo, 28 de agosto de 2011

La comida limeña del XIX

Durante el siglo XIX las familias limeñas solían tener sendos platos en la mesa. Si bien es cierto cada familia tenía su propia sazón, existían algunos condimentos presentes en cualquier plato: el ají y los ajos, además de la manteca de cerdo para freír.

Entre la gente pobre y los barrios populares el mote o maíz hervido en agua era el alimento preferido. El maíz se empleaba también para la elaboración de tamales o de las famosas humitas. Por otro lado, el plato preferido por los esclavos en las haciendas era el sango, una especie de dulce grueso que se preparaba hirviendo la harina de maíz con agua. Asi, el viajero Max Radiguet observa lo siguiente en una mesa limeña modesta:

Los diferentes platos se componían de mazamorra, de tamal extendido en hojas de maíz, y de una especie masa espesa formada por garbanzos, papas, maíz y carne picada. Al centro de la mesa se destacaba un inmenso, pero único vaso lleno de agua (1865).

Además del maíz, los zapallos y las calabazas eran ingredientes muy empleados, tanto por su abundancia como por su bajo costo (además que se conservaban bien). También las habas y los frejoles, alimentos muy nutritivos, eran constantemente usados en los platos limeños.

Las familias más acomodadas y de la alta sociedad comían pescados o carnes preparados de distintas maneras y, a diferencia del agua de las familias pobres, bebían vino del país o de Europa. La llamada sopa teóloga, elaborada de pan o fideos y caldo de puchero, era por excelencia el primer plato en la mesa. Luego, el puchero que estaba compuesto por carnes y verduras. Por último, algún picante de cierre: la carapulcra, el pepián, el sango, el adobo de carne de cerdo y los olluquitos con charqui (Tschudi, 1842). Aunque el picante por excelencia era el cuy apanado con ají:

De los cerdos de Guinea o cuis hacen un plato muy delicado; son tostados y después aderezados con gran cantidad de ají, apanados hasta tener la consistencia de la pasta; algunas veces se añaden papas, nueces moscadas y otros ingredientes. Éste es el favorito los platos picantes y para mi gusto es extremadamente delicado (Stevenson, 1829).

Luego de terminada la comida, las familas bebían libaciones de agua y comían fruta y otros dulces.

Bibliografía empleada:
OLIVAS, Rosario. La cocina cotidiana y festiva de los limeños en el siglo XIX. Lima: Universidad de San Martín de Porres, Escuela Profesional de Turismo y Hotelería, 1999.

martes, 26 de julio de 2011

El mercachifle

Desde la fundación de Lima por parte de los españoles, en la ciudad aparecerían distintos personajes. Uno muy curioso y que permanecería por siglos (y además gozaría de prestigio) sería el mercachifle. Estos mercachifles eran comerciantes que vendían todo tipo de telas y que andaban por las calles de la ciudad con atadillos al hombro. Íban diciendo: ''¡Coco a medio y cuartillo la vara! ¡Damasco para manteles y servilletas! ¡Bramante para sábanas!''. Su importancia (a pesar de ser de menor cuantía que los vendedores con tiendas propias) fue tal que incluso recurrían a ellos aristocráticas familias.

La fuerte presencia de estos vendedores por toda la ciudad hizo necesaria que se establecieran leyes que normen su forma de venta. Así, en el año 1559, el virrey Velasco les permitió alquilar cajones para ser colocados en algún sitio de los portales de la Plaza Mayor. En el año 1617, el virrey Príncipe de Esquilache autorizó la colocación de 42 cajones en la Plaza para adquirir ingresos por este medio. Los cajones eran pequeñas tiendas de maderas que permitían el establecimiento de los mercachifles.

Sin embargo, ninguna de estas medidas surgieron el efecto esperado, por el contrario, los mercachifles (ya en el año 1670) volvieron a las calles y su tradicional forma de vender, que era a viva voz. Algunas décadas más tarde, entre los años 1700 y 1750, los mercachifles tuvieron un fuerte crecimiento debido a las reformas de la Corona Española, que recortaba el poder a los funcionarios. La importancia para la ciudad que tuvieron estos curiosos personajes le permitió al visitador español Areche en el año 1778 considerarlos entre los cinco grandes gremios.

Bibliografía empleada:
Municipalidad Metropolitana de Lima. La Plaza Mayor. Lima: La Dirección, 1997.