miércoles, 17 de noviembre de 2010

Los primeros años de Lima: Los recursos naturales

Luego de la desestimación española de fundar el nuevo Virreinato en la ciudad serrana de Jauja, los conquistadores decidieron instalarse en las costas peruanas, invadiendo los santuarios de Puruchuco y Pachacámac. Es así que el 18 de enero del año 1535 se fundó la ciudad de Lima con el nombre de Ciudad de los Reyes, colocando simbólicamente la primera piedra de la Catedral, levantada, además, por el propio Francisco Pizarro.

Si bien es cierto que el 'desencuentro' de los dos mundos, el occidental y el andino, ya se había producido algunos pocos años atrás con la derrota de Atahualpa y la posterior conquista del Imperio incaico. Las tierras descubiertas para la fundación mostraban un paisaje natural distinto que el de la sierra; eran tierras cubiertas por frondosas lomas, con un clima bastante húmedo y sin grandes lluvias. Además de poseer tres valles: el Chillón, el Rímac y el Lurín.

Entre los términos que emplearon los españoles para describir lo que ofrecía el nuevo terreno tenemos: 'llano', para denominar indistintamente a toda la costa; 'comarca', para referirse a una determinada población natural; 'sitios de asiento', llamados así por ser lugares de descanso.

La presencia de grandes recursos naturales provocaron que Lima a fines del XVI fuera una ciudad muy abastecida. Vemos, pues, el crecimiento de sauces, alisos, molles; de plantas medicinales como la verdolaga, la chicoria y el apio. Y también, la presencia de venados, llamas, gallinazos, cernícalos, lagartijas, vizcachas, pumas, iguanas, sapos, entre otros.

Las tierras eran muy fértiles para el crecimiento de trigo, cebada y maíz, cultivadas mayormente por la población natural, asentada por siglos en la costa. Sin embargo, los españoles también se dedicaron al cultivo, teniendo muchas de las casas y los conventos pequeñas huertas. Es así que la vista de la ciudad en un principio estuvo rodeada de muchos cultivos.

A pesar de que observamos que en Lima, los primeros años fueron de mucha producción, nunca faltaron los problemas de administración, provocando que en ocasiones escaseara increíblemente el alimento. Para este efecto el Cabildo de Lima tuvo que declarar constantemente ordenanzas. Así, pues, en el mismo año de la fundación se estipula la siguiente ordenanza:

Toda persona tiene la obligación de sembrar quinientos árboles en el término de seis meses, so pena de multa (10 pesos de oro).

Lima, 1535.

Bibliografía empleada:
GUTIÉRREZ, Laura (ed.). Lima en el siglo XVI. Lima: PUCP, Instituto Riva Aguero, 2005.

sábado, 16 de octubre de 2010

La vida social: Recorrido de la mujer

Imagen de Rugendas. Tapadas limeñas. Tomada de limalaunica.com

Durante los primeros años de la República, los lugares de sociabilidad de la mujer abarcaban diversos espacios, entre alamedas, baños, bailes y otros. Si bien es cierto que muchas de sus salidas eran mal vistas, no reparaban en ello y frecuentaban los principales espacios sociales, incluso a altas horas de la noche totalmente solas. Es así, que a diferencia de los hombres, que frecuentaban lugares determinados (cafés, casa de juegos, casa de amigos...). Las mujeres podían aparecer en cualquier escenario.

La vida de la mujer en estos primeros años fue totalmente activa, pues participaba constantemente de debates políticos y era anfitriona de reuniones, tanto de liberales como de conservadores, en plena presencia, primero, de San Martín y luego de Simor Bolívar. Incluso Rosa Campusano, una anfitriona muy conocida de aquellos años, albergó a José de San Martín en su casa y se decía que era amante de éste -como en todos los tiempos, ¿no creen?-. Pero, las mujeres no sólo organizaban reuniones políticas, sino que dedicaban mucho de su tiempo a discusiones culturales (aunque claro muchas aparentaban más de lo que realmente podían saber realmente sobre el tema); discutían acerca de las funciones teatrales, de uno que otro poeta, de alguna noticia saltante...

La mujer en estos años tenía profunda inclinación por la política y la intriga, además disfrutaba de los placeres más intensos. Comentarios de viajeros extranjeros declaraban su asombro por la libertad concedida a las mujeres, muchas de las cuales eran fumadoras empedernidas y 'profundas críticas' de las funciones teatrales. Jugaba, pues, un rol importante la apariencia en terrenos femeninos, así pues una mujer respetable y de buena familia, no podía salir a sus aventuras si no calzaba y vestía prendas de excelente calidad, además de emplear para sus salidas carruajes. La apariencia era una preocupación constante de las mujeres y dedicaban fuertes sumas de dinero en satisfacer estos placeres.

Las visitas a las iglesias eran obligatorias para toda mujer; se confesaban y rezaban arrollidadas sobre un alfombra colocada en el suelo (las más ricas ostentaban las alfombras obviamente de más calidad); obsequios a los sacerdotes y constantes limosnas servían de medios para satisfacer el deseo de mostrarse en sociedad. ¿Podemos creer que las limeñas de esos años eran eternas y abnegadas devotas a la iglesia?

Eran frecuentes los regalos en las visitas; se tenía la costumbre de obsequiar perfumes naturales (misturas de frutas y flores). La fragancia era distinción femenina y debía ser bastante original para elevar a la mujer en el juego de seducción y apariencia.

Los recorridos comunes de las mujeres eran:

Mañana: Calle, baños, iglesias, casa de amigas, casa.
Tarde y noche: Calle, plaza (compras), paseo, teatro, juegos, tertulias.

Debo decir, para finalizar, que la libertad casi total que poseían las mujeres en los primeros años, se fue, con el tiempo, reduciendo; pronto ellas serían madres dedicadas al hogar y al cuidado de los niños, perdiendo así su rol activo en la pequeña sociedad aristocrática limeña de esos años.

Bibliografía empleada:
DEL ÁGUILA, Alicia. Los velos y las pieles. Lima: IEP, 2003.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Imágenes cotidianas de Lima en el siglo XIX

Una calle cerca a la Plaza Mayor

Vista al barrio de San Lázaro (vemos el arco que es la entrada al barrio). Además se observa la torre de la parroquia principal

Imagen del Mercado Central

La alameda nueva, lugar de paseo. Además se puede observar el río Rímac y el punto que da al barrio de San Lázaro

Vista a la Plaza Mayor, al fondo la Catedral de Lima. A la derecha vemos los famosos portales que se extendían en toda la calle del mismo nombre

Vista a la Catedral de Lima en la Plaza Mayor. Imagen similar a la anterior

Bibliografía empleada:

RUGENDAS, Johann. El Perú romántico del siglo XIX, estudio preliminar de José Flores Araoz. Lima: Edit. C. Milla Batres, 1975.

viernes, 24 de septiembre de 2010

La misturera


En las antiguas celebraciones religiosas, mujeres de toda clase se convertían en célebres acompañantes de las grandes procesiones; formaban, pues, junto a otros personajes pintorescos todo el conjunto de estas multitudinarias celebraciones. Delante, en el andar, de las procesiones se posicionaban las mistureras cargadas de esplendores y detalles.

Estas mujeres llevaban grandes vestidos, muy entallados en la cintura y con grandes aberturas en las piernas; con una pequeña manta cubríanse casi totalmente los brazos. Cargaban muchas veces joyas y perlas, además de presentar un pelo bien acomodado. A pesar del lujo de las prendas, que precisaban no poca sobriedad, lo que caracterizaba a estas mistureras eran los grandes azafates que llevaban en las cabezas.


Iban éstos adornados con mistura fina, peritos y manzanitas claveteadas con clavos de olor, además de llevar muchas veces flores. En grandes membrillos (siempre dentro del azafate) se encontraban acomodadas pequeñas banderas de seda, ninfas, ángeles o santos simbolizan el carácter de la fiesta, En mazos circundantes al azafate, iban pastillas de azúcar y canela, envueltas en papeles picados de diferentes colores.

Al término de las procesiones y todos los rituales correspondientes, el contenido de los azafates era repartido, seguramente desproporcionadamente, entre los concurrentes al evento. Imagínese cuántos pequeños y grandes enredos deben haber acontecido alrededor de estas procesiones.

Bibliografía empleada: PORRAS Barrenechea, Raúl. Historia general de los peruanos, 2 volumen. 11ed. Lima: PEISA, 1988.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La esclavitud negra en la Lima del S. XIX. Bandolerimo y cimarronaje


El régimen colonial contra los esclavos negros se mantuvo hasta los primeros 30 años republicanos, cuando Ramón Castilla formula un decreto en el que se dictamina la libertad de los negros. Existió, pues, en los años esclavistas una fuerte opresión contra los negros; habiendo en muchos de los casos maltratos que imposibilitaban su libertad. A pesar de que todo esclavo tenía un precio de compra y que éste podía ser pagado incluso por él mismo, la libertad alcanzada por el esfuerzo propio fue escasa.

Por tal motivo, los negros esclavos se vieron obligados a alcanzar la libertad de otras formas, penadas y sancionadas por las autoridades. Casos frecuentes de negros convertidos en cimarrones y bandoleros, que atacaban a ciudadanos y producían constantes robos fueron denunciados en el Cabildo de Lima.

Los cimarrones eran negros rebeldes que habían escapado de su amo, producto de los constantes abusos de los que eran víctimas. Sin embargo, éstos eran totalmente rechazados de la ciudad y vivían en lugares alejados del control; barrios como el de San Lázaro y el de Indios fueron refugios de los cimarrones.

Los grupos de bandoleros negros producían la mayoría de robos en la ciudad, atacaban desde personas (criollos, indios e incluso a otro negros) hasta pequeños locales de comercio. Si bien es cierto, que en la República ya no se ejecutaban negros y los casos durante el virreinato tampoco fueron muchos; sí, por el contrario, fueron aprisionados muchos negros, que por transgredir la ley eran abusados de manera más intensa, produciéndose muchas de sus muertes.

Actualmente no dispongo de muchas imágenes de Lima, así que dentro de poco subiré muchas imágenes de situaciones cotidianas y de monumentos de Lima tomadas durante el Virreinato y los primeros años de República. Espero que realmente sean bien recibidas.

Bibliografía empleada:
PORRAS Barrenechea, Raúl. Historia general de los peruanos, 2 volumen. 11ed. Lima: PEISA, 1988.

sábado, 4 de septiembre de 2010

La gente del callejón

Callejón de Petateros

Como en todos los tiempos y en todas las ciudades, ha existido gente rica y ha existido gente pobre. La población asentada en la Lima colonial que poseía grandes riquezas era escasa. Ésta realizaba, en sus grandes casas, fiestas como las europeas, llenas de lujo y estridencia, reuniones a las cuales se asistía únicamente si se era poseedor de un gran solar y se venía de buena familia. Imagínese, si la gente que tenía dinero sufría de problemas de agua y sobre todo de salud, ¿qué no habrá acontecido en los grandes callejones que albergaban cientos de familias en extrema pobreza?

La ciudad de Lima en tiempos coloniales no era por cierto la ciudad más limpia y segura del continente. Por el contrario, en Lima se albergaban (en las propias casas) animales grandes que eran usados para el transporte; se usaba agua proveniente de grandes depósitos (los aguateros); los caminos estaban llenos de tierra y de basura acumulada; no existía una gran iluminación; etc. En realidad la ciudad era bastante pequeña y convivían en ella gente de toda clase, pero que en la intimidad de sus fiestas, reuniones y relaciones sociales se aislaban con sus grupos.

En esta ocasión detallaré, casi de manera fiel al libro que he leído, información sobre los antiguos callejones limeños, que de preferencia se ubicaban en el Arrabal de San Lázaro (al otro lado del antiguo puente de Piedra) y en el Barrio de Indios o Barrios Altos.

En los antiguos callejones se hacinaban las personas que poseían los ingresos más escasos de la ciudad. Estas personas vivían en casas que eran de caña o de adobe, que poseían un piso, que contaban con muchas habitaciones de pocos cuartos, sin servicios higiénicos, sin aire y sin luz. Existen, pues ciertas peculiaridades que caracterizaban a los antiguos callejones:

Seguiré íntegramente el libro

a) 'Misia' Pancha o 'Misia' Juana; la encargada, la portera, era el tipo adecuado para el manejo integral de callejón. La única persona, a quien se acude, con las quejas dirias, con los pedidos de consejos, con las súplicas de préstamos, con los ruegos para dilatar el pago miserable por imposibilidad económica, etc. La misia es una autoridad. a su orden se abren y cierran las puertas, se apagan las luces, se suspenden las jaranas. Y a ella llegan en primer término, los chismes traídos de la calle, por los mozos y las comadres.

b) El punto de convergencia del callejón es el botadero de hoy, el 'caño' de los días coloniales, la pileta única para el abastecimiento de cientas de personas. Allí se comentaban las ' nuevas'; es el mentidero de la casa, donde se discuten los hechos policiales, se crítica a los poetas y hasta se ataca, para innovarlo y enriquecerlo, el idioma.

c) Las sufridas mujeres, madres de numerosa prole, se multiplican de sol a sol, para atender las necesidades imperiosas de toda la familia. Son ellas, quienes, temblorosas, esperan al marido, el día de la paga, para guardar como tesoro sagrado, el alquiler de la pocilga. Su desolación y su espanto son indecibles, cuando, el hombre ha consumido el fruto de su esfuerzo semanal, en la pulpería, o en la chingana, en sendas libaciones.

d) La clásica memoria musical del hombre popular, le sirve para conservar y transmitir, folclóricamente, los versos intencionados y picantes de los poetas virreinales.

e) En las fiestas, jaranas, que duran varios días, campean el aguardiente, los platos criollos picantes y la chicha. Los bailes suelto, movidos, lúbricos, al compás del cajón y cantados con voces enronquecidas, son las prefereridas.

f) El 'gallinazo bodero' o el 'huela guiso', tipos, el uno persona de respeto, que se presenta, como de ocasión, y que es bien recibido; el otro, desconocido, bien trajeado, pero hambriento, que se introduce a hurtadillas y que, en veces, es expulsado de mala manera. Ninguno de los dos falta en la jarana.

g) En los callejones virreinales aparecían las grandes epidemias de viruela, escarlatina, etc., llevándose cientos de vidas. El índice de la mortandad, se mide en los callejones, antros de miseria...

He querido mostrar lo más relevante y trascendental de la vida de la gente del callejón. Y como se habrá podido notar en la información dada, existe mucha creacíón del autor y seguramente una poca cuota de historia real (pero ¿no creen que ahí se encuentra lo hermoso de la historia? pueden imaginar ustedes mismos sus propias historias).

Lamentablemente, no existe mucha información consolidada sobre la vida en los callejones; sí existe, por el contrario, información dispersada en muchos libros de historia. Tampoco existen novelas realistas o naturalistas peruanas que trabajen profundamente el tema de la miseria, como sí existieron en Francia, en España o en Inglaterra (esperemos que en algún momento alguien pueda consolidar las sugerentes historias).

Bibliografía empleada:
PORRAS Barrenechea, Raúl. Historia general de los peruanos, 2 volumen. 11ed. Lima: PEISA, 1988.

martes, 20 de julio de 2010

La vida social: Recorrido del hombre

Las diversiones sociales en el siglo XIX, por lo general, se distinguían en dos: la de las mujeres y la de los hombres (aunque poco a poco se iban formando eventos en que ambos se reunían).

Si bien los espacios públicos eran lugares predominantemente masculinos, no existían sino sólo unos cuantos institucionalizados, teniendo como lugar predilecto el café: lugar de grandes tertulias. Se decía, además, que un hombre respetable debía asistir a por los menos una tertulia diaria. Es así que Juan Jacobo Von Tschudi, alrededor de la década del 40 del siglo XIX, dice sobre los criollos más adinerados:

''Se dedican al ocio, se pasean por las calles, visitan a sus conocidos, se paran en alguna tienda o en una esquina para quedarse allí conversando medio día... Las tardes las pasan en el Coliseo de Gallos, en los cafés o dedicados al juego. Los criollos son jugadores apasionados. Si bien están prohibidos los juegos de azar, se llevan a cabo en forma pública''.

Podemos observar, de la descripción hecha por el viajero, que los limeños de más dinero simplemente dedicaban su vida a la pura diversión e incluso en ocasiones eran aquejados por sus esposas por las constantes ausencias que mostraban. Hacía mediados del XIX, las casas de juegos se ubicaban en los balnearios, principalmente en Chorrillos, lugar donde se vieron comprometidas muchas fortunas.

Debido a que el hombre reconocía la libertad en los escenarios públicos se ausentaba constantemente y eso lo demuestra una queja pública que hizo una mujer respecto a este problema: ''Yo sola tengo que sufrir los tedios de la soledad''.

A pesar de la fuerte popularidad que iba alcanzando los juegos de azar, el evento más popular y que congregaba a mayor cantidad de gente era la pelea de gallos. Una actividad que también persistió hasta los primeros años republicanos fue la asistencia casi obligatoria al Teatro.

El recorrido frecuente de los hombres, como lo muestra Alicia del Águila era el siguiente:

Mañana: esquina u oficina (si la hay) - calle - tiendas o café - casa.

Tarde: calle - coliseo de gallos - casa amigo - café - paseo - teatro - casa amigo (tertulia) - casa propia (cena) - juego.

Bibliografía empleada: DEL ÁGUILA, Alicia. Los velos y las pieles. Lima: IEP, 2003.